Ruido Blanco.
El reloj del comedor marcaba las 10:17. O tal vez las 10:17 de ayer. O de hace tres días. Alexander ya no distinguía la diferencia.
Las agujas giraban, pero el tiempo se había detenido en el momento exacto en que Valentina dejó de responderle.
El apartamento olía a whisky, a papel viejo y a desesperación. Había dejado los documentos del trabajo apilados en una esquina, como si el simple hecho de mirarlos fuera una ofensa.
No había dormido más de dos horas seguidas. No había comido nada sólido d