Refugio.
Valentina despertó con el corazón enredado en un torbellino de emociones. El sol entraba a medias por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas.
Por un instante, creyó escuchar la voz de Alexander, su respiración a pocos centímetros, pero no, solo el silencio.
El vacío del departamento era insoportable.
El teléfono vibraba sobre la mesa de noche, insistente, pero ella no tuvo fuerzas para mirar la pantalla. Sabía quién era. Sabía que si escuchaba su voz, no podría decir