La Otra Cara de la Moneda.
El café se había enfriado hacía rato, pero Lucca seguía frente a la taza, inmóvil. La espuma se había hundido y en su lugar quedaba un remolino gris, como un reflejo exacto del caos que sentía por dentro.
El reloj del departamento marcaba las siete. Afuera, la ciudad ya despertaba, los autos rugían en la avenida y el murmullo de la lluvia golpeando los vidrios le daba al silencio una cadencia que dolía.
Era curioso: a veces, el ruido sonaba más fuerte cuando no había nadie para escucharlo.
Vale