Punto de Quiebre.
Valentina pasó la mañana con una sensación incómoda adherida al cuerpo, como una segunda piel. No era ansiedad pura, tampoco deseo. Era algo más peligroso: la certeza de que ese día no terminaría igual que había empezado.
El mensaje de Alexander seguía ahí, fijo en la pantalla de su celular desde hacía una hora: Esta noche ven conmigo, solo para hablar.
No había explicaciones, ni detalles. Solo esa invitación directa que no sonaba a pedido, pero tampoco a orden, sonaba a necesidad.
El problema era Lucca.
Tenían planes desde hacía días. Algo simple: cenar juntos, salir de la rutina, una normalidad que Valentina había empezado a valorar más de lo que admitía.
Con Lucca no había vértigo ni abismos. Había calma, presencia, una seguridad que no exigía nada a cambio.
Y, sin embargo, su mano tembló al bloquear la pantalla.
En la oficina, todo parecía seguir igual, pero Valentina sentía que caminaba sobre una superficie inestable.
Contestaba correos, asentía en reuniones, sonreía cuando era n