Punto de Quiebre.
Valentina pasó la mañana con una sensación incómoda adherida al cuerpo, como una segunda piel. No era ansiedad pura, tampoco deseo. Era algo más peligroso: la certeza de que ese día no terminaría igual que había empezado.
El mensaje de Alexander seguía ahí, fijo en la pantalla de su celular desde hacía una hora: Esta noche ven conmigo, solo para hablar.
No había explicaciones, ni detalles. Solo esa invitación directa que no sonaba a pedido, pero tampoco a orden, sonaba a necesidad.
El problema