La Puerta que se Cierra.
Valentina se miró en el reflejo del ascensor mientras descendía. No le gustaba lo cansada que se veía.
No era agotamiento físico; era ese desgaste invisible que se acumulaba cuando uno llevaba demasiado tiempo pensando en lo que no debía.
Ajustó la correa de su bolso, respiró hondo y se obligó a relajar los hombros.
Esa noche iba a salir con Lucca, no como escape, no como distracción, como decisión.
Había aceptado la invitación sin dudarlo demasiado, y eso, en sí mismo, ya era una respuesta.
Cena tranquila, había dicho él. Nada improvisado, nada caótico. Un lugar donde se pudiera hablar sin gritar, mirarse sin sobresaltos.
Justo lo opuesto a todo lo que Alexander despertaba en ella.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el aire de la calle la recibió con una calma extraña.
No había mensajes nuevos, ninguna vibración insistente en su bolso, ninguna frase breve y peligrosa esperando respuesta.
Y, por primera vez en días, eso no le produjo ansiedad inmediata. Solo silencio.
Lucca