La Puerta que se Cierra.
Valentina se miró en el reflejo del ascensor mientras descendía. No le gustaba lo cansada que se veía.
No era agotamiento físico; era ese desgaste invisible que se acumulaba cuando uno llevaba demasiado tiempo pensando en lo que no debía.
Ajustó la correa de su bolso, respiró hondo y se obligó a relajar los hombros.
Esa noche iba a salir con Lucca, no como escape, no como distracción, como decisión.
Había aceptado la invitación sin dudarlo demasiado, y eso, en sí mismo, ya era una respuesta.
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