La Invitación.
El amanecer encontró a Alexander en el mismo sitio en que lo había dejado la noche anterior: frente al ventanal, con la ciudad reflejada en los cristales como una extensión de su propio cansancio. No había dormido. No podía.
Había pasado horas repasando los informes, pero el texto ya no significaba nada. Todo se reducía a un recuerdo persistente: la distancia mínima entre su cuerpo y el de Valentina, el roce involuntario, la respiración compartida.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir