La Decisión Final.
El reloj del restaurante marcaba las ocho de la noche, y Valentina sentía cómo un nudo se instalaba en su estómago.
La luz cálida de las lámparas colgantes acariciaba los manteles blancos, y la música suave apenas competía con el murmullo de las conversaciones a su alrededor.
Todo parecía cuidadosamente ordenado, como si la escena quisiera recordarle que, por esta noche, podía elegir estabilidad sobre caos.
Lucca la esperaba en la mesa del fondo, una esquina casi aislada donde podían hablar sin interrupciones.
Estaba impecable, como siempre: camisa azul clara, cabello peinado con la discreción de alguien que sabe que la perfección está en los detalles pequeños.
La sonrisa que le ofreció al verla cruzar el restaurante le dio a Valentina un instante de alivio.
Esa sonrisa, calmada, genuina, era un recordatorio de que existía otra forma de amor que no quemaba.
—Hola —dijo él, con su voz suave pero firme.
—Hola —respondió ella, intentando que su tono sonara casual, aunque su pecho seguía