El Origen del Incendio.
El reloj digital marcaba las 8:54 a.m. y, al cruzar la puerta de la oficina de Alexander Roth, Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Todo parecía más grande de lo necesario: los ventanales amplios, las paredes de vidrio, incluso el silencio que flotaba pesado entre las mesas y las sillas.
Cada objeto parecía estar dispuesto para medirla, cada línea recta de la oficina parecía guiarla hacia un destino que ella no quería enfrentar.
Se sentó al borde del sofá frente a su escritorio, cuidando de no tocar nada, como si cada objeto fuera un testigo de lo que estaba por descubrir.
El aire olía a café recién hecho y a ese perfume masculino que él siempre dejaba atrás.
Un aroma que, meses atrás, solo evocaba presencia; ahora parecía advertencia, recuerdo de manipulación, y un indicio de deseo que nunca había sabido leer del todo.
Tenía las manos frías.
No era su primera reunión con Alexander, pero algo en la mañana de aquel día la hacía distinta. Desde que había visto su nombre