―Por… por favor, no me abandones ―suplica, desconsolada―. No me dejes sola. Necesito sentir tu calor.
Al pronunciar sus últimas palabras se viene en vómito y lanza todo lo que hay dentro de su estómago sobre mi ropa.
―¡Mierda! ¡Otra vez no! ―espeto, iracundo. Ni siquiera me da la oportunidad de reaccionar a tiempo para evitar el desastre. Era esto o lanzarla contra el piso. La sostengo como puedo, sintiendo asco del maldito olor y de toda la porquería que vació sobre mí. Hunde su cara sobre mi