Venganza.
Venganza.
Venganza.
Es la única palabra que ronda mis pensamientos en medio de este desconcierto y del dolor que comprime mi pecho. No puedo perderla, la necesito. Dios, ¿cómo permití que esto pasara? No puedo perdonarme tal descuido.
―Robert, ¿estás bien?
Al inclinar la cara, veo las manchas rojizas que empapan toda mi camisa. Por primera vez me siento aterrorizado. No puedo parar de temblar. Fijo la mirada en mis manos cubiertas de sangre. Vibran como si un terremoto las estuviera sa