Narra: Amelia
El silencio tras la descarga del virus era absoluto, un vacío eléctrico que dejó a los mercenarios desorientados, mirando sus armas como si fueran juguetes rotos. La arquitectura de control que nos había asfixiado durante años acababa de ser neutralizada, pero estábamos en el epicentro de su base operativa y el tiempo corría en nuestra contra.
—No tienen armas funcionales, pero siguen siendo hombres entrenados —dije, apartándome del calor del pecho de Alexander mientras recuperaba