Narra: Alexander
El horizonte se deshacía en un gris infinito mientras la lancha devoraba millas. El dolor en mi hombro era constante, un latido punzante que me recordaba que, aunque habíamos ganado la batalla en el puerto, no éramos invulnerables. Amelia permanecía sentada en la proa, con la mirada perdida en la estela de espuma, y por primera vez en semanas, no estaba consultando la terminal. Había soltado el peso del mundo.
—Hay un antiguo búnker de comunicaciones en las Islas Feroe —dije, r