Narra: Alexander
El cincuenta y uno por ciento.
Las líneas de código digital que parpadeaban en el terminal portátil de Cavendish no eran un error del servidor secundario. Eran el acta de mi sumisión legal o el acta de defunción de la vieja guardia. El mensaje satelital de mi madre seguía proyectado en el salpicadero táctico, tiñendo la penumbra de la cabina con un tono rojo fluorescente que convertía el parabrisas del interceptor en la vitrina de un imperio en quiebra. Amelia, la mujer que aca