Narra: Alexander
El aire en la suite privada a orillas del lago de Ginebra no solo era gélido por los Alpes; era un campo de batalla de alta gama cargado de estática y resentimiento histórico. Bianca Broderick nos esperaba frente a un ventanal que se hundía en las aguas negras del lago, su figura recortada contra la luz lunar como un espejo maldito. Vestía exactamente el mismo traje sastre blanco marfil que Amelia, una provocación visual tan calculada que rozaba la ofensa dinástica.
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