Narra: Amelia
El tintineo de las vidrieras góticas de la catedral de San Lorenzo, sacudidas por el siseo neumático de los helicópteros de las fuerzas especiales que tomaban posición sobre la plaza de Milán, marcó el final absoluto de mi antigua identidad en el mercado negro. Las pantallas del altar parpadeaban con las alertas de la Interpol en un tono rojo fluorescente, proyectando líneas gélidas sobre el tejido blanco marfil inmaculado de mi traje sastre de alta gama. El decreto de terrorismo