Narra: Amelia
El aire en el interior de la limusina blindada, mientras nos desplazábamos a toda velocidad por las carreteras de montaña que conducían al internado de nuestra infancia, era una mezcla de ozono, cuero de lujo y la inminente tempestad que se cernía sobre nosotros. Mis dedos enguantados estaban entrelazados con los de Alexander, cuya mano, grande, firme y posesiva, era mi único anclaje en este mundo de caos y traiciones. Las luces del internado, aquel edificio gótico y opresivo que