—¿Qué demonios fue eso?—gruñó Brenda, con la voz quebrada entre furia y pánico. Ahora sí estaba perdida, atrapada como una rata en un rincón sin salida. Su cuerpo dejó de pertenecerle; cada músculo se volvió una estatua húmeda y fría. Intentó moverse, intentó siquiera respirar con normalidad, pero nada obedecía. Solo sus ojos seguían vivos, recorriendo el entorno con desesperación, como dos faroles encendidos en medio de la noche. Aquella malla que le habían lanzado encima parecía apretarle el