Aquella fue, sin duda, una de las peores noches de su existencia.
Los hombres corpulentos que trabajaban para su tía no apartaron los ojos de Brenda ni un instante; la vigilaban como depredadores pacientes, respirando cerca, recordándole que no tenía escapatoria. El sueño no fue siquiera una opción: cada vez que intentaba cerrar los ojos, sentía esas miradas, penetrarle la mente, arrancándole cualquier rastro de calma. Eran miradas pesadas, oscuras, casi inhumanas… miradas que se clavaban en su