Tía Ángela clavó los ojos en Brenda con una intensidad venenosa, una mirada tan afilada que pareció rasgar el aire entre ambas. Brenda sintió un escalofrío ancestral, como si algo antiguo y perverso hubiese despertado detrás de esos párpados: no una mujer, sino un demonio vestido de sangre y memoria, respirando dentro de un cuerpo familiar.
—Porque tu madre siempre tuvo el camino despejado —murmuró Ángela, con una sonrisa torcida que no alcanzó a sus ojos—. A mí me tocó sobrevivir entre ruinas.