Por un instante, a Brenda se le ocurrió una idea tentadora: imprimir todo, guardarlo en carpetas, esconder las copias en algún rincón secreto de la mansión y estudiarlas cuando por fin tuviera la cabeza fría para descifrarlas. Sería lo más sensato, lo más seguro. Una copia física no podía borrarse con una tecla.
Pero *p*n*s imaginó el sonido de la impresora —ese zumbido traicionero que siempre parecía más ruidoso en la noche— sintió que la sangre se le helaba.
La impresora del consultorio no er