Seis meses después del nacimiento de Marina, la luz del atardecer madrileño bañaba la terraza del nuevo Hotel G&M, el estandarte de la Fundación. El edificio, una joya de arquitectura sostenible, no solo era el orgullo de la ciudad, sino el símbolo de una familia que había aprendido que el éxito no se mide en plantas de rascacielos, sino en la solidez de sus raíces.
Gabriel estaba de pie junto a la barandilla, observando el horizonte. A su lado, Gael y Alistair correían entre las mesas del jardín, intentando, sin éxito, que sus trajes de gala se mantuvieran limpios.
—¡Papá, mira! —gritó Gael, señalando una placa dorada en la entrada—. ¡Ahí dice mi nombre y el de Marina!
Gabriel sonrió, sintiendo una paz que la amnesia le había robado y que su hija le había devuelto con creces.
—Ese es tu legado, campeón —respondió Gabriel, cargando a Gael sobre sus hombros—. Un lugar donde ayudamos a otros niños a crecer tan fuertes como tú.
Sarah se acercó a ellos, radiante. Llevaba a Marina en brazo