Mientras Sofía y Sarah celebraban el éxito del vestido que habían elegido, Alejandro y Gabriel ya estaban en marcha, con todo lo que debían hacer. Las cosas con su madre ya las habían arreglado y no intervendría, más allá de lo que se le dijo.
El destino para la boda era la Costa del Sol, la zona más exclusiva de Marbella. Alejandro poseía allí una propiedad apartada y blindada para lo que fuera necesario. Una mansión costera que garantizaba la privacidad que necesitaban para la boda.
El martes por la mañana, los dos hombres estaban en la biblioteca del penthouse, a miles de kilómetros de la arena española, por ahora. Pero con muchas cosas casi listas para darle inicio a su día importante.
Alejandro era su mejor amigo y Sofía, su hermana menor. Gabriel iba a prestar todo el apoyo posible para que tuviesen su día especial.
—Diez días hasta la boda. La mansión está lista para uso inmediato, pero la seguridad requiere atención especial —comentó Alejandro, señalando con un lápiz óptico el