A las nueve de la noche, el Grupo Hotelero Duarte celebraba la sucesión en el salón de eventos principal de su hotel. El lugar era una obra maestra, lleno de mármol, luces doradas y una orquesta que tocaba música clásica. La atmósfera estaba cargada de emoción por algunas personas y deseos por saber qué podría pasar, de otras. Era una fiesta de celebración que venía sonando desde hace meses, pero todos sabían que flotaba en el aire la amenaza de Valentina.
Alejandro se veía demasiado guapo con su esmoquin negro, estaba en la entrada con Gabriel, que estaba vestido de negro. El traje se ajustaba a sus nuevas posiciones, dándole un aire de poder a los dos.
Estaban bien y se veían muy apuestos.
—El vestíbulo es un desfile de tiburones corporativos, Alejo —dijo Gabriel, revisando su celular con un gesto de impaciencia—. La seguridad está completa. Los únicos periodistas aquí son los que rechazaron el circo de Valentina. A los otros, los hemos vetado de por vida. Creo que fueron unas cinco