Sofía abrió los ojos el viernes por la mañana, antes de que sonara el despertador. La noche anterior, a pesar de la leve celebración, había dormido muy poco, la ansiedad que le producía la entrevista en De la Vega no se lo permitía. Alejandro ya no estaba en la cama, lo encontró en el balcón, tomando café, vestido con ropa deportiva y bastante sudado.
Él acababa de llegar de correr.
—Buenos días, monkey-monkey —dijo él, girándose, y una sonrisa se le formó—. Hoy es un gran día, mi guerrea.
—Hoy es un gran día para los dos —se acercó, tomando su mano—. ¿A qué hora presentas la denuncia?
—En dos horas. Los juzgados la recibirán. Valentina ni siquiera lo sospecha. Cuando lo sepa, la fiesta de esta noche será doblemente dulce. Ella y su padre están invitados a la celebración. Será un poco humillante, pero es lo mínimo que podemos hacer, para todo lo que ella ha intentado.
—¿Debo sentir miedo? —le preguntó, sinceramente.
—No, mi amor. Solo debes prepararte para tus cosas — besó su frente—.