Sofía abrió los ojos el viernes por la mañana, antes de que sonara el despertador. La noche anterior, a pesar de la leve celebración, había dormido muy poco, la ansiedad que le producía la entrevista en De la Vega no se lo permitía. Alejandro ya no estaba en la cama, lo encontró en el balcón, tomando café, vestido con ropa deportiva y bastante sudado.
Él acababa de llegar de correr.
—Buenos días, monkey-monkey —dijo él, girándose, y una sonrisa se le formó—. Hoy es un gran día, mi guerrea.
—Hoy