Pero John vio y eso solo aumentó la tensión en él. Agarró el cabello de Elizabeth, obligándola a mirarlo. Ella gemía de dolor y mantenía los ojos cerrados.
—Mírame. —ordenó, con la voz ronca, tensa— Quiero ver si me deseas... tanto como yo te deseo ahora.
Pero Elizabeth resistió. El pánico crecía. Nunca había estado tan cerca de un hombre... mucho menos de John.
La tensión explotó cuando John, dominado por su propio deseo descontrolado, sostuvo sus muñecas y la acostó sobre la cama, dominándola. Sus ojos estaban oscuros, dilatados, febrilmente.
Elizabeth no sabía decir si lo que sentía era miedo, deseo... o ambos.
Él apretaba sus muñecas con fuerza, luego las sujetó con una sola mano sobre su cabeza. Con la otra, agarró su cuello, no para hacerle daño, sino para mantener el control, el dominio.
—¡Mírame! —exigió, más ronco.
Ella sintió la presión de sus dedos aflojarse. Y entonces sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo. No con ternura. Sino de forma exigente. Casi salv