Elizabeth buscó refugio en el inmenso jardín. Luchaba por mantenerse firme y no llorar. Ya había llorado demasiado esa noche.
Necesitaba alejarse lo más posible de la escena de John con esa mujer, de las miradas de desprecio de su familia y de los comentarios maliciosos que percibía resonando por el salón.
Cerró los ojos y, en silencio, rezó una oración. Le pidió a Dios que la liberara de ese tormento.
—¡Lizzie!
Una voz masculina la llamó. Le extrañó que la llamaran así, solo sus amigos más cercanos la llamaban así.
Se dio la vuelta, sorprendida, y vio a lo lejos a un hombre caminando apresuradamente hacia ella.
Por un instante, no lo reconoció. Pero cuando se acercó, con una sonrisa abierta y afectuosa, supo inmediatamente quién era.
—¡Adam! —exclamó, por primera vez en toda la noche, con auténtica alegría. Un rostro amigo, alguien que se preocupaba por ella.
Adam era su amigo desde la adolescencia. Habían estudiado en el mismo colegio y pertenecían al mismo grupo de amigos.
Durante