Elizabeth buscó refugio en el inmenso jardín. Luchaba por mantenerse firme y no llorar. Ya había llorado demasiado esa noche.
Necesitaba alejarse lo más posible de la escena de John con esa mujer, de las miradas de desprecio de su familia y de los comentarios maliciosos que percibía resonando por el salón.
Cerró los ojos y, en silencio, rezó una oración. Le pidió a Dios que la liberara de ese tormento.
—¡Lizzie!
Una voz masculina la llamó. Le extrañó que la llamaran así, solo sus amigos más cerc