Los dos regresaron al salón principal y fueron conducidos a una fila, donde esperaron para ser introducidos en el comedor.
Los lugares en la mesa estaban marcados. A nadie le importaba sentarse en la última silla, después de todo era un honor sentarse a la mesa de un Walker.
Al igual que el inmenso salón de fiestas, el comedor rezumaba lujo. Candelabros de cristal colgaban del alto techo, proyectando destellos sobre una mesa larga e imponente, preparada para ciento veinte invitados.
Estaba rica