A la mañana siguiente, Ryan decidió recorrer la ciudad en busca de testigos vivos del pasado. El nombre «Elena Walson» aún resonaba fresco en su mente.
Comenzó en la plaza central, donde había conocido a algunos ancianos el día anterior. Encontró a la señora Heloísa, una anciana de cabello muy blanco, que vendía bordados en un pequeño puesto improvisado.
—Disculpe la molestia —dijo él, en tono cordial—. Estoy investigando sobre una joven que vivió aquí hace algunos años... se llamaba Elena Wason.
Los ojos de la anciana se iluminaron.
—¡Ah, Elena! ¿Cómo olvidarla? Era una chica tan educada...
— ¿Y sabe usted qué le pasó? —insistió Ryan, atento a cada detalle.
Doña Heloísa suspiró, mirando hacia la iglesia al fondo.
—Se marchó de repente. En el orfanato decían que la habían adoptado, pero... nadie vio nunca a los padres adoptivos. No fue como otras veces, cuando se enteraba todo el pueblo. Simplemente desapareció.
Ryan anotó todo en su libreta. El detalle era inquietante.
Más tarde, fue