Las copas tintinearon en un brindis colectivo, el cristal reflejando la luz dorada de los candelabros. El ambiente alrededor de la mesa parecía, a primera vista, haberse calmado. Las risas ligeras se mezclaban con el elegante murmullo del salón, y por un instante Elizabeth creyó que la noche podría transcurrir en paz.
Después del plato principal, se invitó a los invitados a pasear por los salones laterales de la mansión. Algunos se dirigieron a la sala de música, otros prefirieron los sofás repartidos por las numerosas salas. Otras mesas de dulces y los hombres, el bar.
El grupo decidió quedarse charlando, Pamela y Sebastian parecían haberse acercado casualmente al grupo.
—Elizabeth... tengo que decirte... estás deslumbrante esta noche. —Sus ojos recorrieron cada detalle del vestido, deteniéndose más de lo necesario—. Siempre has tenido un don para encantar.
Elizabeth sonrió educadamente, aunque sentía la intención oculta tras el cumplido.
— Gracias, Pamela. Tú también estás muy elega