Elizabeth se estiró lentamente entre las sábanas de seda, sonriendo al sentir la piel cálida de John a su lado. Al darse la vuelta, se encontró con su mirada, que la observaba con una sonrisa serena y apasionada.
—Buenos días, mi amor —dijo él, acariciándole suavemente la cara, como quien toca algo precioso.
—Buenos días... —respondió ella, con el rostro radiante, conteniendo a duras penas la sonrisa.
El brillo de sus ojos fue suficiente para que él se inclinara y la besara, primero con ternura