En el vestíbulo del hotel, Bruce esperaba al jefe preocupado e inquieto, mirando el reloj de vez en cuando, sin saber dónde estaba John.
En cuanto vio acercarse el coche del jefe, se levantó preocupado y salió a su encuentro tan pronto como el coche aparcó. A pesar de su preocupación, adoptó una postura de asistente serio y comedido.
La puerta se abrió y John bajó. Pero no era el mismo hombre de antes, al contrario, el semblante afligido y las ojeras habían desaparecido, en su lugar Bruce vio en los ojos de John un brillo raro de alegría, casi olvidado, una sonrisa que hacía mucho tiempo no veía en el rostro del jefe y que revelaba más que cualquier palabra, y su andar era ligero. Bruce, que lo conocía bien, se quedó paralizado por un instante, sorprendido. No fue necesario hacer ninguna pregunta. Ya sabía la respuesta.
—Señor... —comenzó con una sonrisa cómplice.
—Sí... —John esbozó una amplia sonrisa—. Prepáralo todo, Bruce. Nos vamos. Tengo una misión especial para ti.
—Sí, señor.