Era temprano cuando un coche negro de lujo se detuvo frente al edificio donde vivía Elizabeth. El vehículo brillaba bajo la suave luz de la mañana, imponente, llamando inmediatamente la atención de los vecinos, curiosos por ese acontecimiento inesperado.
Un hombre de postura firme salió primero. Era James, el conductor de confianza. Poco después, bajó una mujer distinguida, con un impecable uniforme burdeos, que mantenía la compostura como si cada gesto hubiera sido ensayado.
Elizabeth apareció en la puerta de su casa y, al verlos, su rostro se iluminó con una sonrisa que parecía cargar años de nostalgia y alivio.
—¡James! —exclamó, casi corriendo hacia él. Le tendió la mano con entusiasmo.
El chófer, acostumbrado a la formalidad, dudó por un instante. Su rostro serio se suavizó al ver el afecto genuino de su jefa. Le estrechó la mano con respeto, pero también con calidez humana.
—¡Qué alegría volver a verlo! —dijo Elizabeth, emocionada, sosteniendo sus manos más tiempo del que el pro