Elizabeth
A la mañana siguiente, Elizabeth se despertó temprano. El sol apenas había salido por el horizonte, tiñendo el cielo de suaves tonos entre lila y dorado.
Después de una ducha rápida, eligió un vestido floral de tela ligera, con un estampado pequeño en tonos azules y blancos. Se recogió el pelo en una delicada coleta, atada con una cinta blanca, y, como de costumbre, se colocó con cuidado el sombrero, su accesorio favorito, casi un sello distintivo de su personalidad discreta, pero elegante.
Cogió un pequeño bolso de mano, comprobó que llevaba todo lo necesario y salió del apartamento. Al cruzar la acera, siguió el mismo camino de siempre, pasando bajo la frondosa copa del árbol que, sin que ella lo supiera, obstruía parcialmente la visión de una de las cámaras de seguridad de la manzana.
Caminó con ligereza hasta la pequeña plaza del barrio, donde se encontraba la pequeña y acogedora iglesia. El reloj de la torre marcaba casi las siete de la mañana.
Mientras ella rezaba en e