El restaurante elegido era discreto, estaba fuera de la ciudad y tenía un mirador desde donde se podían ver las luces de la pequeña ciudad que se extendía a sus pies.
El restaurante era acogedor, con pocas mesas y luz tenue. Al entrar, el maître los condujo a una mesa reservada cerca de la ventana, desde donde se podía disfrutar de una vista privilegiada bañada por la luna llena de esa noche.
—Espero que te guste este lugar. Es uno de mis favoritos —comentó Steve, acercándose la silla, a lo que ella respondió con una sonrisa contenida.
—Es muy acogedor —dijo, mirando a su alrededor.
Durante unos segundos, se produjo ese silencio natural de quienes aún buscan adaptarse al entorno. Elizabeth colocó discretamente la servilleta en el regazo y respiró hondo.
El camarero se acercó con la carta y Steve pidió vino. En cuanto se alejó, se volvió hacia Elizabeth.
Steve habló sobre la ciudad, las tradiciones locales, algunas curiosidades históricas e incluso anécdotas divertidas de su infancia,