La casa del padre de Elizabeth no era una mansión, pero aún así destacaba como una de las más imponentes del barrio noble en auge.
James, atento, permaneció cerca mientras ella subía los escalones de la entrada.
Llamó al timbre con firmeza. Unos segundos después, una empleada abrió la puerta, sorprendida al verla.
—Señora Elizabeth... ¡qué sorpresa! —dijo, dejándola pasar.
—Buenos días, Dolores —respondió ella con una leve sonrisa, entrando.
La casa había cambiado. Su antiguo piano vertical había desaparecido. La decoración, antes discreta y sofisticada, había sido sustituida por elementos de ostentación exagerada.
No tardó mucho en aparecer su madrastra en lo alto de la escalera, bajando con una sonrisa en los labios. Al fin y al cabo, ahora Elizabeth era la señora Walker.
—¡Elizabeth, qué sorpresa! —exclamó, mostrando una alegría forzada—. No esperaba verte tan pronto.
—¿Dónde está papá? —preguntó ella sin rodeos.
—Está en el despacho. Pero... ¿por qué esa cara? —replicó la mujer, al