Ahora entendía por qué John le había echado en cara que se había vendido.
—Papá, ¿cómo has podido aceptar esto?
Peter seguía en silencio, sin atreverse a mirarla a los ojos.
Elizabeth cerró el contrato y se levantó. La indignación le quemaba la garganta, pero se negaba a llorar allí.
Esperaba una explicación de su padre, pero fue Helen quien habló, con una suavidad inusual.
—Elizabeth, solo pensamos en tu bien.
—¿En mi bien... o en el vuestro? —replicó ella con amargura—. Parece que habéis sido