Llegamos a casa de Esteban, entré, subí las escaleras y me senté en el sofá, esperando a que él subiera.
—Oye... ¿puedo pedirte un favor? —hizo esa típica cara de niño que usa cuando quiere algo.
—Depende... ¿qué quieres ahora? —giré el rostro para mirarlo.
—¿Me harías un caldito? —frunció los labios, exagerando su expresión.
—¿En serio, Esteban? —bufé—. ¿Me trajiste hasta aquí sólo para eso? Qué interesado...
—Por favor, princesa... —insistió, inclinándose un poco hacia mí—. Anda, di que sí...