- No… No Amelia, tú no puedes librarte de mí así de fácil, yo te amo, ¿acaso no te has dado cuenta? ¡Te amo, cariño! ¡Te amo! -decía el hombre posando su cuerpo sobre el de Amelia, el cual se encontraba inerte.
Amelia se giró y lo observó fijamente, por un momento en sus ojos buscó al hombre del que hace años se había enamorado, pero nada, no vio nada, el hombre que ahora estaba sobre ella le causaba miedo, le daba terror imaginar lo que podría ser capaz de hacerle si ella no hacía nada en ese momento.
La joven mujer tenía clara una cosa: ese hombre jamás la dejaría libre. Ese hombre tenía mucho dinero y poder, no importaba lo que hiciera, no importaba dónde estuviera, nada importaba.
Podría trabajar para la familia más rica y poderosa del país, pero ella no era nada, nunca fue nada.
Amelia reflexionaba que, si ella moría en ese momento, la única que podría sufrir su pérdida sería Almendra, Daniela y probablemente Teresa. Al pensar en Almendra, se sintió culpable, pues si algo le