Aquella pregunta sacó de sus pensamientos a Luciano, quien al verla parada en el umbral de la puerta la llamó con la mirada y la mano.
—Tal vez, aún no lo sé… -dijo con una calma disfrazada.
—¿Qué te dijo? ¿Por qué estás tan pensativo? —preguntó la joven mujer caminando hacia él y deteniéndose al estar a un costado de su silla.
Él, al verla, giró la silla, la miró y rodeó su cintura con ambos brazos, clavó su rostro en su vientre, sintiendo el calor que del cuerpo de Amelia emanaba.
—Tomaste un