Amelia lo observó y luego, con ambas manos, tomó su rostro e hizo que lo viera a los ojos.
—¿Ya terminaste?
Luciano frunció el ceño; no entendía la actitud de su mujer.
—No es un discurso, Amelia. —dijo él con seriedad.
—¡Lo sé! Por eso te escuché, ahora escúchame tú.
Luciano obviamente no esperaba esa reacción.
—No me pienso ir, ni ahora, ni después. Óyelo bien, Luciano, nunca, nunca te dejaría solo con esto; juntos entramos en esto, juntos vamos a vivirlo, son las consecuencias de nuestros ac