Luego de caminar por largo rato, la oscuridad de la gran Versalles envolvió a Paolo, quien, ya sin más por hacer, regresó al apartamento vacío donde vivía; esta vez lo sintió más vacío que de costumbre.
Ya cansado de su larga caminata sin rumbo fijo, se sentó en el suelo, apoyó su cansada espalda contra la pared, sacó su móvil, buscó un número, dudó un poco en llamar al contacto, pero, al final, lo hizo.
—¿Sí? —se escuchó la voz tranquila de Maurizio.
—Soy yo. —dijo Paolo como si su hermano no