Cuando Vania llegó a Versalles y vio el lugar en el que se suponía que a partir de ahora viviría, prácticamente, se quedó sin palabras; eso no era una casa, eso era un palacio, tal como en los cuentos de la Edad Media que su madre les contaba antes de ir a dormir.
- Desconozco por completo qué te gusta, así que le pedí ayuda a tu mejor amiga para que alistara el lugar. Ella se encuentra realmente preocupada por ti; no había podido ir, pues estuvo viendo todo para que vinieras aquí. -dijo Pierre dirigiendo la silla de ruedas con paciencia mientras la conducía por un amplio y largo pasillo.
- Señor Legrand, ¿Pue… ¿Puedo hacerle una pregunta? -preguntó Vania con miedo.
- Sí, dime, ¿Qué necesitas saber? -respondió el hombre con mucha calma.
- ¿Cómo es que usted y el señor D’Angelo saben de mí?
- ¡Oh, es verdad! Eso debes agradecerle a tu amiga; ella nos contactó, nos dijo que eras una testaruda y que te estabas llevando un trato muy injusto por algo que ni tú supiste cómo sucedió. -dijo Pi