Daniela despertó con un dolor punzante en las sienes. El techo de concreto a medio construir mostraba varillas oxidadas que se retorcían hacia el cielo como garras. A través de las ventanas sin cristales, el viento salado de Cojímar traía el olor a mar mezclado con pintura fresca y sudor. Sus muñecas sangraban levemente bajo las bridas de plástico que la ataban a una silla metálica, colocada estratégicamente en el centro de lo que sería el penthouse de un edificio en construcción de 15 pisos.