El sol de la tarde se filtraba entre las persianas del apartamento de Daniela en Matanzas, pintando rayas doradas sobre las maletas semiempacadas. Alexander observaba desde la puerta, los brazos cruzados, mientras ella doblaba cuidadosamente su ropa.
—Solo serán unos días —dijo Daniela, sin mirarlo—. Mis padres necesitan saber que estoy bien.
Alexander asintió, aunque su cuerpo estaba tenso.
—Yo también me iré mañana. Dimitri quiere reunirse en Moscú para discutir... asuntos pendientes.
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