El motor del taxi rugía como un animal herido mientras Daniela apretaba los puños sobre sus rodillas, las uñas clavándose en la tela de su falda.
—"Más rápido,"— ordenó al conductor, arrojando un fajo de billetes sobre el asiento delantero. Su reflejo en el espejo retrovisor mostraba pupilas dilatadas y labios secos. Varadero quedaba a 45 minutos, pero el reloj interno de Daniela marcaba que ya estaban al borde del desastre.
En la propiedad de Varadero, las luces azules de los patrulleros b