El aroma a ajo y hierbas frescas invadió el apartamento cuando Daniela abrió la puerta de su cuarto.
Las luces estaban bajas, sustituidas por el titilar de docenas de velas colocadas estratégicamente. Sobre la mesa, un mantel limpio (algo que rara vez usaban) sostenía dos copas de vino y platos de porcelana que ella no recordaba tener.
Roberto apareció desde la cocina, con un delantal manchado de salsa y una sonrisa que le hacía recordar por qué alguna vez se había enamorado de él.
—Justo