El reloj marcaba las siete de la mañana cuando Isabella despertó en la habitación de su hotel en Zúrich. Afuera, una luz pálida anunciaba el comienzo de un día frío, con la nieve cubriendo las aceras y los árboles desnudos. Su cuerpo dolía levemente: la tensión de la noche previa en el hospital se había instalado en cada músculo. Aún recordaba la silueta fugaz en el pasillo, el sobre anónimo sobre la almohada de su padre, la sensación de ser observada que la estremecía. No había dormido. Ahora