Mathias
Las horas se estiraban en la penumbra del apartamento, pesadas por un silencio denso, cargado de todo lo que no se había dicho, de todo lo que ya no podía ser contenido. Iris estaba allí, en la habitación de enfrente, y, sin embargo, tan lejos. Sentía su aliento, su agitación contenida, pero también ese muro que levantaba a su alrededor, para protegerse — de mí, de lo que representaba, de Raphaël también, aunque aún se negaba a verlo.
Nunca había querido que ella sufriera. Nunca. Sin embargo, todo lo que había construido, todo lo que defendía con rabia y obstinación, parecía aplastarla un poco más cada día. Me miraba como si llevara la guerra sobre mis hombros, y tenía razón. Pero aún ignoraba cuánto me devoraba también esa guerra, cuánto me destruía lentamente, desde adentro.
Sabía que Raphaël seguía acechando, invisible, omnipresente. Ese fantasma, ese otro hombre, que no podía ignorar. Cada vez que su nombre se deslizaba entre sus labios, incluso sin ser pronunciado, lo sen