MILA
He cerrado la puerta.
No fuerte. No bruscamente. Solo lo suficiente para que supiera que no iría a buscarlo.
¿Quería huir? Que huya.
Pero una vez que el silencio volvió, una vez que su ausencia se instaló en la habitación como un olor persistente, entendí: soy yo quien tiemblo.
No él.
Yo.
Me quedé allí, de pie, frente a esa puerta cerrada, con la respiración entrecortada.
Como si yo fuera la que había sido abandonada.
Mientras que soy yo quien dijo que no.
Soy yo quien lo dejé ir.
Y, sin e