YELENA
No podía moverme.
Sentía los pies clavados al suelo, como si la tierra misma me sujetara. Podía oírlo afuera. Podía sentirlo.
Y podía oler a mi bebé.
Ese suave aroma a leche. Esa pequeña y familiar calidez. Me golpeó con tanta fuerza que me dolía el pecho.
La puerta se sacudió.
Solo una vez.
Pero fue suficiente.
Estaba allí.
¿Toda la fuerza que había reunido para mantenerme erguida frente a él? Desaparecida. Agotada. Mis rodillas flaquearon y mamá tuvo que sujetarme del brazo antes de qu